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BARRICADA. PABELLON ANAITASUNA. PAMPLONA. CONCIERTO DE DESPEDIDA

Las lágrimas del adiós, el júbilo del hasta siempre.

Las despedidas, son una de las emociones más viscerales e intensas que el ser humano tiene que sobrellevar a lo largo de su existencia. A veces, resulta muy difícil despedir un amor, un ser querido, una esperanza. Tienen un componente de desamparo, de soledad marchita, y además, están cargadas de dolor. Pero forman parte de la vida, y debemos aceptarlas, a veces con resignación, a veces, con  rabia contenida. En cualquier caso, la vida continúa, indefectiblemente, a pesar de los malos momentos, y debemos quedarnos con lo bueno de toda relación, con aquellos momentos vibrantes, con la intensidad, con la emoción, con aquellas noches de rocanrol. Esta relación de treinta y un años se acaba, pero quedan los momentos memorables, las noches en que, empapados por el fragor de unas canciones indestructibles, sentimos que éramos diferentes al resto de los mortales. Barricada se despide los escenarios después de una trayectoria intachable, de veintitrés obras publicadas y más de un millón de discos vendidos. Y el orgullo de haberse convertido en la seña de identidad de muchas generaciones de aficionados al rock, para los que la banda ha sido algo más que cuatro músicos envalentonados y subversivos, convirtiéndose en un referente de vida, y sus canciones, en himnos íntimos que la gente ha hecho suyas. El del día 23 de Noviembre fue el último de una serie de tres conciertos de despedida, y si algo le caracterizó, desde el comienzo hasta el final, fue una intensidad que superó los límites de la cordura. El concierto comenzó con un documental con imágenes de la banda rememorando la trayectoria, y después, un fragor que no pararía en las casi tres horas de concierto. Fueron a cuchillo. Un set list imponente, delicado, contundente, donde no faltaron ninguna de las canciones que les hicieron ser lo que son: “No Hay Tregua” “Oveja Negra” “Okupación” “Todos Mirando”, “En Blanco Y Negro”, “Animal Caliente”, Esta Es Una Noche De Rock & Roll”, “Pasión Por El Ruido”, “Abrir Y Cerrar” “Como El Aguardiente” “Flechas Cardinales” “A Toda Velocidad”, y así hasta completar las tres horas de concierto. Un repertorio directo, donde repasaron toda su trayectoria, y donde la melancolía jugó su baza más importante.

Durante todo ese desarrollo vertiginoso de canciones subiendo y bajando, el Pabellón Anaitasuna, se convirtió en una especie de paraíso íntimo, procaz y tenaz, donde las almas allí congregadas se lanzaron una orgia imparable de placer hedonista, de borrachera sentimental, de bacanal espiritual. Un desenfreno de sentimientos, de celebración, de placer absoluto y carnal. Porque cada gento, cada rostro, cada cuerpo, reflejaban el delirio pasional, la imagen extraña pero grata de quienes hablan con el corazón en la mano. Un delirio absoluto. Las miles de personas presentes, se convirtieron en uno, en una sola alma, en una sola voz. Todos bailaron, gritaron, saltaron, dejándose arrastrar por un momento vital e único en sus vidas. Nunca podremos olvidar esta noche, a pesar de las muchas que ya llevamos acumuladas de conciertos de la banda, pero la noche de Anaitasuna será como una imagen indeleble, inmortal, que nunca desaparecerá de nuestras vidas. Al final lágrimas, abrazos y desdicha. Nadie se quería mover de allí, esperando que una vez más, Boni, Ibi, Alfredo y Ander, volvieran una vez más después de tres bises y tres horas de concierto. Pero no. Se apagaron las luces del escenario, y la última página del libro quedaba escrita. El libro donde ese recoge la historia de la banda más esencial del rock estatal. Aquella que nos dignifico como seres humanos, que nos guío en la oscuridad de una sociedad tremenda e injusta, y que nos susurró al oído en tantas ocasiones, unos versos donde se nos ofrecía la clave para entender la vida desde la cultura del rock. El adiós, se fundió en abrazos. La desdicha, se convirtió en esperanza, Nos queda el valor de la certidumbre de que siempre estarán con nosotros, al menos en nuestros corazones, en nuestras vidas, de las que nunca se marcharan. Agur Barricada.

 

CHEMA GRANADOS

FOTOS: AGENCIA EFE, LETICIA RC

 

 

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