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LEÑO, PARA MORIR HAY QUE MORIRSE

LEÑO, PARA MORIR HAY QUE MORIRSE

“El tiempo, es un mágico escultor que modela a su antojo con sus sabias e implacables manos”, dijo un poeta. La música, es trascendental, y atemporal porque sobrevive al paso del tiempo. Llega directa al corazón, sin interludios ni peajes. Puede dejarnos marcados de por vida con una melodía, un riff o un estribillo, que de pronto, se convierten en una célula más de nuestro corazón, y siempre nos acompañará. Cada año que pase, cada minuto, cada segundo, esa canción, esa sucesión de notas y de acordes, permanecerán vivas e perdurables, para recordarnos emociones vividas, amores, tristezas, momentos mágicos, o delirios emocionales. LEÑO fue el primero de los grupos de rock que conocí. Antes habían pasado por mi vida Chuck Berry, Elvis Presley, Los Canarios o Miguel Ríos. Pero lo suyo era muy diferente, muy único. Fue como un orgasmo desmedido en el centro de mi mente, en lo más profundo del alma. Puede parecer algo metafísico e irreal, pero juro por todo, que esa experiencia no la puedo definir de mejor forma. Una emoción demasiado intensa, para poder borrarla de mi mente, y de mi alma. De pronto, en medio del hermetismo reinante, de la inflexibilidad social de la sociedad y del entorno familiar, en medio de ese inmenso campo de concentración que era España, tres tipos mal encarados y desafiantes, habían abierto la puerta a una dimensión de libertad y libre pensamiento. Quizá, ellos solo pretendían hacer música. Sin embargo, consiguieron mucho más que eso. Consiguieron accionar el detonador.

Con motivo de la presentación de su biografía, “Maneras De Vivir, Leño Y el Origen Del Rock Urbano”, han aflorado en mi mente algunas reflexiones y sentimientos en torno a la banda pionera del rock de este país. Soy consciente de que la trascendencia real y objetiva de LEÑO, está por encima de ellos mismos. Leyendo sus propios testimonios se desprende la idea de que ellos, solo eran tres tipos con ilusiones brillantes y unas ganas tremendas de tocar lo que les salía del alma. Seguro que nunca se plantearon ningún tipo de idea conceptual o filosófica. Eran animales de escenario, jóvenes vitalistas que actuaban por instinto visceral. Drogas y pasión por el rocanrol, y una avidez desmedida por escribir canciones al precio que fuera, por expresar sus energías y sus delirios, convirtiendo sus vidas en una aventura imposible y romántica. Yo me convertí en un fanático de su música, en un enamorado compulsivo de sus estribillos, un drogadicto de sus compases. Cuando escuchas “Castigo” con dieciocho años, en el contexto de una sociedad donde la represión y el hermetismo eran la dominante, uno siente un vuelco en el corazón tan profundo, tan desmedido, que saltas al vacío. En aquellos tiempos, no teníamos muchas opciones de soñar, ni siquiera de ser nosotros mismos. Todas nuestras ideas estaban uniformadas de azul Mahón. Todas nuestras ideas secuestradas en mazmorras bien cerradas. La represión, comenzaba en el entorno familiar, con normas inflexibles de convivencia, y proseguía en las aulas del colegio, con estrictos cánones educativos, y finalmente, acababa en las calles, infestadas de alimañas gubernamentales que controlaban nuestras vidas.

LEÑO abrieron nuestras mentes a otro espacio inexplorado. No eran conscientes de que abrían la brecha hacia la libertad. Ellos soñaban, vivian deprisa de sus emociones, y se dejaban llevar  en su viaje alucinógeno. No sé hasta qué punto se puede divinizar la figura de un artista. En realidad, son solo seres humanos dotados de un talento exacerbado. Sin embargo, tienen una especie de halo que les recubre, y que les convierte en seres de otra dimensión emocional. Por eso los admiramos. Por eso, nos desvivimos por ellos. Porque su legado, ha aportado tanto a nuestras vidas, que se ha convertido en trascendental. Y no podemos olvidarlo. Nunca. LEÑO fueron muy pronto una punta de lanza importante, porque comenzaron a elaborar canciones inclementes, que de súbito, y de forma particular, rompían todos los esquemas del rock. Sus shows eran explosivos, imponentes. De pronto, se cambiaba el concepto del espectáculo. De pronto, todo era actitud, energía, estallido de sentimientos vitalistas y sensaciones inéditas. Cuando escuchabas  “El Tren” viendo a esos tres tipos de melenas ondeantes, rompiendo la vida, desgarrando el aire con los solos tremendos y los compases malditos, sentías como una especie de tránsito a otro mundo. No es metafísica, y quizá, pueda sorprender esta reflexión. Nos sentíamos diferentes. Solo deseábamos que llegara el próximo concierto, para renovar nuestro impulso y nuestra energía. Era la conquista de la libertad.

Cuando se ama, cuando se ama de verdad, cuando ese amor se convierte en casi enfermedad, uno tiene una especie de baúl donde guarda los recuerdos y las imágenes de ese amor, como un tesoro inviolable. Recordaré ese mono naranja, y esos saltos en el escenario, de Rosendo, haciendo malabares con las cuerdas de su fender stratocaster. El bombín imposible de Tony, siempre enérgico, y sus gestos histriónicos. El cuerpo desnudo de Ramiro, que tocaba hasta con el vientre. La voz particular de Rosendo. Los movimientos espasmódicos de Tony, y la urgencia brutal de Ramiro golpeando los parches de la batería. El clamor enfebrecido de la gente, aullando en la noche. Son recuerdos que nunca mueren. Como los domingos en el Bar Hnos. Yagüe junto a la Plaza de Toros de Vista Alegre, donde recalaba Rosendo con su vasca, un tipo normal que estaba acodado en la barra, muy cerca de mí, y parecía flotar ante mis ojos como un ser de otro mundo. Solo era Carabanchel, un barrio de Madrid, un bar y un tipo sencillo bebiendo cerveza. Pero para mí era de otro mundo, porque me había dado tantas emociones, que no sabía cómo poder agradecérselo. Yo mirada desde el otro lado de la barra sus dedos delgados y huesudos, y pensaba que de ahí salían los solos de guitarra que tanto me habían conmovido. El entre risas, cervezas y jaleo, permanecía ajeno a mi fanatismo como una persona sencilla. Esa es su grandeza. LEÑO nunca morirán, porque para morir, hay que morirse, y ellos nunca murieron. Todas las generaciones de rockeros posteriores han escuchado su música. Hoy, siguen escuchándose sus canciones. Seguirán escuchándose aunque pase el tiempo implacable. Esa es su grandeza. Nosotros, seguiremos amándoles, sintiendo como nuestro corazón se contrae cada vez que suenan los compases de cualquiera de sus canciones. LEÑO somos todos.

CHEMA GRANADOS

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