Lilith: Reality report

Cuatro días en el meollo de la banda Lilith, siendo uno más, una piel más, un corazón más. Un reportaje que cuenta la historia de un fanático de su música y el encuentro con el lado más intimo de una de la bandas más poderosas del rock nacional. La  experiencia más enriquecedora que un aficionado pueda experimentar.

Ser fan es una condición que puede resultar particularmente emocionante. En ocasiones, puede situarte en una dimensión diferente. La real Academia de la Lengua define la palabra fan como “admirador o seguidor de alguien” y es, además, un termino acortado del adjetivo fanático, es decir, “Preocupado o entusiasmado ciegamente por algo. Fanático por la música.” Lo que el insigne diccionario elude comentar en su definición, es que aparte de la preocupación y el entusiasmo, el hecho de ser fan de una banda o artista, produce una amalgama de sentimientos y sensaciones tan poderosas, tan irrefrenables y pasionales, que en ciertas personas puede provocar disfunciones mentales. Véase el caso de Michael Chapman, y su luctuoso crimen que es, en esencia, una muestra de esto mismo. John Lennon llegó a convertirse en una obsesión, en algo tan preciado y amado, que fue capaz de destruirlo. Pero también, y con un control debido sobre las pasiones, ser fan aporta una vida intensa de emociones. Yo me declaro fan de LILITH, una banda de rock al uso, que ha agregado a mi esencia musical y cultural, el aporte de unas canciones que encierran muchos misterios, muchas dosis de energía vital, y el valor de los sentimientos humanos como protagonista de su entramado compositivo. Soy un fan ensimismado, no combativo. Un fan enérgico, no radical. Por esto, el hecho de poder estar en el epicentro de la banda, supone vivir una experiencia de primer orden. Entrar de lleno en el interior de esta banda e ir descubriendo de primera mano su interioridad, el porqué de sus pálpitos, el sentido de su descenso al infierno, es una experiencia que ha conseguido aportarme el combustible preciso con que llenar el depósito, hacia la eternidad de su universo. Porque LILITH es, aparentemente, una banda de rock con todos los componentes que debe de integrar una buena banda de rock: contundencia, dureza, sensibilidad, empuje, sensaciones. Digo aparentemente, porque a estos ingredientes, hay que sumar el espacio espiritual que hay en su trasfondo. Los recónditos parajes que hay que descubrir, donde se encuentran las claves de las historias que se cuentan en sus canciones. Hacia esa zona laberíntica me dirigo una mañanad e Jueves Santo.

E ran las siete de la mañana, y en Barcelona, los edificios bostezaban su húmeda crudeza todavía invernal. Frío cuajado en mi espalda. La ciudad despertaba a la madrugada sañuda, y la vida iba poco a poco instalándose cadenciosamente. Después de un viaje demoledor en autobús desde Madrid, nada más gratificante que un buen café y unas caladas entrecortadas al canuto apagado. Con las fuerzas renovadas, metro y autobús. Ante el portal del domicilio de Agnes, la vocalista de la banda, cierro lo ojos y casi adivino lo que me espera. Ya nos conocemos de otras batallas, pero ahora, nuestra amistad se ratifica de manera oficial y privada, aunque yo, por deformación profesional, quiero hacer de este encuentro un reportaje donde sus fans, sus otros fans dispersos por el estado, conozcan de primera mano, como son los músicos que hacen despertar en ellos mil reacciones.

Subo al primer piso, e imagino en mi mente un espacio desolado, donde conviven el desorden y la precariedad, que generalmente, suelen habitar algunos hogares rockeros que conozco de primera mano, pero al entrar en la vivienda, encuentro un habitáculo acogedor, donde orden actúa como bálsamo, donde la modernidad de sus elementos decorativos invitan a la relajación, y donde, por supuesto, los signos de la música aparecen por todos lados. Una guitarra acústica domina el entorno desde su soporte. En la pared, un Curt Cobain joven y lozano, apunta directamente a tu cara con un revolver. Miro ensimismado los anaqueles de pladur donde se apilan los CD, las películas en DVD o VHS, y una gran colección de libros, que van desde la literatura al Jazz, la fotografía, o el arte. Agnes esta despierta, y su verborrea cristalina y certera me hace alucinar como siempre. Porque hablar con Agnes es entrar en el mundo de las ideas, de los sentimientos y de la fantasía creativa. Le gusta conversar, pero también, le gusta definir, parcelar, encontrar territorios dialécticos. Sus ojos penetrantes anuncian su desi dia o su emoción, en función del tema debatido. Unos bellos ojos que en señan a veces mas de lo que debieran. Siento una proximidad afectiva, cuando hablamos del mundo del rocanrol en nuestro país. Agnes habla con pasión, y mientras habla, también cocina. Prepara la comida del mediodía, una ensalada de pasta con un fondo de tomate, vinagre, atún y maíz. Me sorprende su vitalidad mientras se mueve grácilmente por la cocina, desarrollando sus ideas al tiempo que  las palabras flotan en el ambiente con colores delirantes. Toda una experiencia.

A media mañana, Agnes se pone a trabajar en la banda. Promoción y correo, relaciones públicas. Se sienta en el espacio dedicado al trabajo, una estancia pequeña con varios ordenadores desde donde se controla el producto Lilith. Yo me voy a dormir, estoy derrotado. Rallando el mediodía me despierto y encuentro a Albert, el guitarrista, en el salón. Es un tipo espigado, de buen carácter. Nos saludamos. Luego acaricia la guitarra acústica, y sin poderlo evitar, rasga sus cuerdas con algunos acordes bluseros. Hoy comeremos todos juntos, parte de la banda, Checho, la pareja de Agnes, Oscar, un gran amigo ( que es el creador de los diseños y videos del grupo) y yo. Estoy en estado de efervescencia. En mi interior, hay un vaivén extraño que agita mis entrañas. Faltarán Joan, el batería y Rafa, el bajista, a los que veremos por la tarde en el local de ensayo de la banda. Es decir, que tendré el privilegio de asistir en vivo a uno de los ensayos de la banda, y conocer de primera mano el espacio donde trabaja, produce y compone el combo. Para un fan como yo, esto es como la heroína para el yonki.

La comida transcurre con cordialidad. Después de un café y una agradable sobremesa nos vamos al local de ensayo. Tendremos que desplazarnos en coche hasta una localidad cercana a Barcelona, donde la banda tiene su bajera, en casa de los padres de Joan. Por el camino recogemos a Rafa, el bajista. Suena un disco del El Ultimo Ke Zierre. Me siento muy bien.

E l espacio que Lilith utiliza para sus ensayos está situado en el garaje de una casa solariega, ubicada al borde de cadena de frondosos montes. La tarde está despejada, hay mucha luz, aunque en el horizonte, una madeja de nubes oscuras amenazan lluvia. Entrar en el espacio donde se han fraguado los temas de estos dos discos editados, es emocionante. Es el primer ensayo después de que la banda taloneara a los australianos AC/DC en Madrid y Barcelona. Hace al frío. Agnes se sitúa en su banqueta, frente al micro. Rafa y Albert afinan. Joan coloca  los platos de su batería estratégicamente, como si el lugar y la disposición influyeran decididamente en la calidad del sonido.

Y entonces, comienza la experiencia. El set list está anotado en la pizarra. Y comienzan los primeros acordes, los primeros riffs, y las primeras estrofas vocales estallando, explosionando su dinamita de notas. Uno tras otro van cayendo los te

mas propios, y las versiones: ZZ TOP, AC/DC. La ostia. Una hora y media después, termina el ensayo. Estoy en una nube. Es como un gran colocón que te enerva, que te recarga de energía. Es la grandiosidad de la música, su gran poder de penetración en los corazones, en su capacidad para la intercomunicación de los sentimientos. Esa noche la terminamos con chupitos de licor en un garito.

A la mañana siguiente Albert y Checho ejercen de guías por Barcelona. Me llevan al centro de la ciudad, y después, por los barrios más emblemáticos. Hace un sol diamantino, y las calles están llenas de vida y de acción. Y de guiris cámara en ristre. Entramos en un garito vasco. Ante las bandejas de pinxtos el hambre regurgita. Unas buenas cervezas y unos pintxos me sitúan al borde del orgasmo autoinfligido. A la hora de pagar, alguno escondió algún palillo. Irá al infierno.

A media mañana, Albert se pira, y Checho me lleva en su scooter a recorrer los lugares que me quedaban por ver: El puerto Deportivo, El Edificio de Aguas, La Sagrada Familia, El Tibidabo. Una pasada. Una ciudad que mira a Europa, y en la que el arte más vanguardista se hermana con la arquitectura clásica, en una magnifica y bien calculada simbiosis. Una ciudad despejada, abierta a la cultura, bañada por aires del mar y el amparo de las montañas. Al mediodía, llegamos a casa. Agnes está ultimando los preparativos de la comida. El menú lo compone una Sopa De Zanahoria como primer plato, y un Lomo Asado con Melocotón y Mostaza A La Antigua. De postre, Flan y Fresas Maceradas en Vinagre y Azúcar. A estas alturas, es ineludible declarar, que Agnes es una excelente cocinera. Pone mucho cariño en lo que hace, y esto se traduce en el resultado final. El sabor y las texturas se mezclan con los aromas, lo que lo convierte en un plato de degustación. Después de la siesta nos hartamos de ver capítulos de “Cheers”. La tarde avanza con cordialidad, y Agnes y yo volvemos a retomar nuestras reflexivas conversaciones sobre música. Me explica el simbolismo y las analogías, que encierran las portadas de sus discos. La chica de cuerpo sexy e imagen de pin-up, disparando su revólver contra tu cara, de la carátula del primer disco, “No Te Rindas”, las gafas manchadas de sangre en el interior del libreto, y la contraportada, con una imagen de Agnes vestida de Caperucita junto a la banda. Estos simbolismos, encuentran nexo de unión en la portada de Sal Si Puedes” donde Agnes se muestra como una Caperucita “Feroz”, tal y como lo demuestra el grafismo tatuado en su pecho. Mas simbolismos en el libreto: la silueta terrorífica de un cuervo graznando amenazante, y al final, el lobo aullando en el espacio desolado de un bosque desierto en la madrugada. Finalmente, en la contraportada, Agnes luce una vestimenta que tendrá que ver con la portada del próximo disco. Todo un entramado de argumentos, encuentros, iconos e ideas, entrelazándose para dar consistencia a una trilogía creativa.

Cae la tarde y vamos a un cine en el centro de Barcelona. Allí, se une al grupo Carlos Skizo, batería de la banda Bad Way, una banda de rocanrol de barna, que cantan en lengua anglosajona. La película: “Corazón Salvaje” cuyo protagonista es el actor norteamericano Jeff Bridges. El film, narra la historia de un trasnochado músico de country, enfermo y politoxicómano, que tiene un romance con una periodista. Una historia que se cae por su propio peso, donde lo brillante es la gran interpretación de Bridges. Salimos del cine con el ánimo encendido, y de súbito, se establece un improvisado coloquio acerca del trasfondo argumental de la película. Cenamos en un restaurante Sirio. La polémica sigue durante la cena, mientras degustamos las exóticas exquisiteces que nos ofrece la gastronomía arabe. Aromas a ajonjolí, curry, cilantro, rábano. Un delirio.

Con la madrugada, nos desplazamos al centro neurálgico del rock en la ciudad de Barcelona, una zona de locales industriales donde se encuentra un garito que debe conocer cualquier aficionado al rock que pase por Barcelona. Se llama Bar Pepe, y es una especie de museo del rocanrol, con especial atención a Los Suaves, ya que tienen un lugar preferente en la iconografía del decorado. Todo lo referente a Los Suaves, banderas, fotos firmadas, camisetas. Pero además, tienen una excelente colección de guitarras autografiadas, algunas de grandes músicos de la historia del rock and roll, que van desde Eric Clapton, Angus Young, Joe Satriani y el mismísimo Frank Zappa. Y más: parches de batería autografiados. No se trata de un mausoleo, con cadáveres que sonrían a la cámara. Es un lugar que exuda vida, presencia, inmensidad. Caen las primeras birras en este marco incomparable. Siento una sensación de energía desconocida. Estar rodeado de tanta iconografía del rock es delirante. La segunda ronda se toma en la inauguración de un nuevo garito, muy cerca. Rematamos con unos chupitos gentileza de la casa. Ya hay enervamiento en nuestros cuerpos. La noche está abierta, y el espacio es todo nuestro. La fuerza de la música establece el código para entrar en el infinito. última parada al rayar la madrugada. El garito se llama Ceferino, y es un referente en Barcelona para rock estatal. Mucho rock en español, mucha tralla, pero pocos clientes. Allí se nos une Backero, el cantante de la banda Puerta 104, y su chica. Nosotros nos movemos al ritmo de la música, disfrutando de sus vibraciones. Rafa, Checho y yo mismo, nos hemos hecho los amos de la pista. En unos minutos nos encontramos con el local lleno, con gente disfrutando, con gente cantando las canciones, con gente vibrando. En la barra, Edu García el cantante de Malas Noticias, sirve chupitos y birra con carácter. La noche va pasando, colmada de rock, impregnada de sudor y humo de marihuana. Es la celebración de los sentidos, la grandeza de vivir la experiencia de sentirse vivo. Al borde del amanecer, los echan a la calle. Nos recibe un olor húmedo, pero gratificante. Las calles duermen, pero nuestro corazones están frenéticos. Lilith, es una banda de rocanrol dentro y fuera de los escenarios. Sudan rocanrol. Aman rocanrol. La autenticidad no es un valor añadido, es amar lo que se ama con pasión. El alba se atisba por el contorno cincelado del Tibidabo. Pronto, la ciudad estará hirviendo en su caldo de trepidantes ritmos. La circulación está despejada. Ya no hay estrellas, solo un cielo inmenso queriendoo reventar su cúpula de infinito. Hay sueño, y ganas de soñar un día más. Nos vamos a dormir.

Al día siguiente Agnes nos invita a comer en casa de su madre, en la localidad de Blanes, un pueblecito marinero en la Costa Brava. El cielo está despejado, y las nubes constreñidas otrora, se van diluyendo en la inmensidad. Cien kilómetros mas tarde llegamos a este pueblecito esculpido en la pared de una montaña. La brisa marina relaja la mente. Carlos Skizo, está allí esperando. Nos unimos Agnes, Checho, Joan y yo. Tomamos unos aperitivos en la terraza, mirando al mar, mientras el aroma de la fidúua lo inunda todo. La fidúua de Agnes no tiene parangón. Una delicia.

Tomamos café y charlamos. Una jornada relajante, donde me he encontrado a unos artistas que me han permitido entrar en su círculo sin condicionantes. Reflexiono acerca de esto, y me siento agraciado por la generosidad. Despedidas y retorno a Barcelona. La tarde pasa tranquila, dormitando la resaca de la madrugada. Al día siguiente vuelvo a Madrid. Vuelvo a la rutina. Vuelvo a la vida rutinaria. Atrás dejo una vivencia absoluta. La banda Lilith no solo ha dejado en mi la impronta de su música, sino el valor de su amistad. Una banda de rocanrol, para la que el rock es una filosofía de vida. Hoy me siento un poco mas enriquecido, porque cuando uno convive con los músicos, comienza a comprender muchas cuestiones que hasta entonces son preguntas sin respuesta. Hoy, entiendo muchas de las claves que configuran una vida entregada a una pasión. Cuan polvorientos son los caminos del rock, cuan escarpados los limites donde confluyen la realidad de la ficción. Qué hermoso, encontrar un espacio en tu alma donde se frague el meollo cálido de una canción. Que estúpido pensar que tus emociones, van a ser el sostén mágico con que la gente cura sus penas. Que estúpido, pero que real. Cuanto poder encierra una canción, cuanto dialogo con el epicentro de nuestros corazones. Es el inescrutable destino de quien se asoma al otro lado para ver lo que nadie ve. Los músicos.


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