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LOS VECINOS DEL BARRIO DE HORTALEZA RECLAMAN UNA CALLE PARA ROBER DE PORRETAS

 

 

 

Una de las últimas instantáneas de Rober, Porretas. Foto: Archivo.

 

 

Este miércoles, Izquierda Unida llevará al pleno del distrito madrileño una propuesta para que el Ayuntamiento de la capital asigne una calle en memoria de Roberto Mira, el Rober, miembro fundador de los embajadores musicales de Hortaleza. Se formaliza así una iniciativa que bullía en el barrio desde su prematuro fallecimiento el pasado verano y que ahora depende del voto favorable del Partido Popular. Los precedentes no invitan al optimismo: los vecinos del barrio de La Elipa llevan casi una década chocando con la mayoría absoluta del PP cada vez que intentan incluir en su callejero a Pepe Risi, el mítico líder de los Burning, grupo castizo donde los haya.

Rober Porretas, fue un placer conocerte.
Por Kike Turrón

Su madre me lo dijo en el tanatorio, era la mañana del día 23 de Julio, un día después del fallecimiento, ella, cansada de haber comenzado a llorar la muerte de su hijo, lo recordaba: mira, él desde pequeño se interesó por lo de la música, y ya nunca lo dejó, hizo lo que quiso, se dedicó a lo que verdaderamente deseaba, la música, el grupo, los amigos, viajar, eso si que lo tenía claro desde el principio. Y esa es la verdad, las madres nunca fallan. Era mediados de los años ochenta cuando este tipo se encerraba (junto al Pajarillo) por primera vez en un local para ensayar y emular a sus grupos favoritos; era el rock duro que hacía de banda sonora, creo, a casi todos los barrios de España: los Judas, Leño, los Ramones… Rober siempre fue del barrio, militante activo, alguien seguro de si mismo. Yo, desde que frecuenté el mítico bar Stop* (que sería sobre el 89 o 90), me lo encontraba por allí, simplemente un saludo cruzado rápido al principio, luego terminaríamos trabajando juntos: escribiría sus hojas de promoción, dirigiría sus videoclips, les haría entrevistas para variados medios, incluso compartiría escenario con ellos, con su grupo, los Porretas. Los vi crecer, poco a poco, creyéndoselo, currándoselo, luchando, se que llegar a donde han llegado no ha sido fácil, es trabajo de hormiguita, de estar alerta, de no dejar de creer en tu proyecto. Eso, para una única persona, es fácil, ponerse de acuerdo con uno mismo es fácil, o más sencillo, pero mantener ese precepto entre todos los componentes de un grupo, eso, amigos y amigas, es otra cosa, el gran secreto del rock and roll. Porretas lo han conseguido, juntos hasta el final. El caso es que, de entre todos los Porretas, Rober destacaba por su cordialidad, su locuacidad, connivencia y cercanía. A su manera, trazaba un vínculo con quién tuviera delante que sobrepasaba la férrea y egocéntrica hermandad que se le presupone a un grupo de rock. Su sarcasmo en camerinos, furgonetas o bares lograba hacer de cualquier situación un templado salón de hogar. No todos los barrios tienen un grupo como Porretas, orgullosos de pertenecer a este y con ganas de darlo a conocer al resto del mundo. Este fue uno de los primeros detalles que me llamó la atención de ellos, en sus letras aparecía los bares y las calles del barrio, describían su día a día, en aquellas canciones se fotografiaba una realidad que lo era con mayúsculas pues uno mismo podía visitar aquel escenario. No todos los grupos tienen a sus espaldas doce discos publicados, y un nombre que se te queda grabado a la primera, eso es un gustazo. Un grupo (enfermizamente) fiel al rock and roll, proletario y orgulloso de su lugar de origen. La C mayúscula, el temido cáncer, pandemia de nuestros tiempos, no suele perdonar y cuando te engancha, no deja de apretar hasta el final. Cuando ya estaba Rober de baja en Porretas (fueron dos años y medio los que aguantó Rober en casa y Porretas en la carretera) pasaba a veces por su oficina de management, imagino que a por dinero, imagino también que a contar como iban los progresos médicos con lo suyo, aunque para esto de la salud, fue más bien reservado hasta el final. Fuese lo que fuese, para esas ya no llegaba allí con seis latas de cerveza en la mano para echarnos entre los que allí estábamos currando, ya no podía (por su salud) beber como antaño, aunque en su gesto, sobrio y enfermo, seguía la mueca de su eterna ironía. Un día de estos que se pasó por allí le pregunté que como llevaba lo de no poder subir con su grupo al escenario, me dijo que bien, que casi lo prefería, que estaba de puta madre en casa. No le creí y se lo dije: coño Rober, no te creo lo que me dices. Y me respondió: nada, tío, se que no puedo, ya he tenido lo mío, no me queda otra. Cuando el Rober murió no fueron pocos los medios (especializados en música, y no) que le rindieron un sentido homenaje, incluso los Marea le han dedicado su nuevo disco, todo músico roquero de este país se enteró de la noticia y sintió pena y recordó juergas y anécdotas, y eso, señores y señoras es lo que queda… aún le veo marchándose de la oficina y llevándose las revistas del mes, Kerrang, Heavy Rock, las que hubiese, por la cara, riéndose: aquí estáis trabajando, no podéis leer todo esto. Un beso, maestro.

* El Bar Stop estaba situado frente al silo de Hortaleza (Calle Mar de las Antillas), durante años fue caldo de cultivo para variados artistas (músicos, fotógrafos, escritores…), allí, a golpe de botellín de Mahou, se observaba el nuevo devenir del underground siempre con sentido crítico y escéptico.

Ray Sánchez – 13.04.12

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