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BALANCE DE UN AÑO AMBIGUO

En 2011, el publico abarrotó los conciertos de grandes bandas y festivales, sin embargo, las bandas emergentes no tuvieron tanta suerte.

 

2.011 SE DESPIDE CON EL INDICE DE ASISTENCIA A LOS CONCIERTOS DE BANDAS EMERGENTES MÁS BAJO DE LA HISTORIA DEL ROCK EN NUESTRO PAÍS, Y UNA CLARA EVOLUCIÓN CREATIVA Y PROFESIONAL.

Cada año que termina, a los que nos dedicamos al periodismo nos gusta realizar un ejercicio reflexivo que, aunque no resuelva incógnitas y convulsiones, si ofrece la posibilidad de encontrar alguna respuesta soslayada que siempre contribuye a airear la mente y las opiniones. Y por qué no, también a encontrar ideas nuevas que ayuden en lo personal a crecer, a evolucionar. 2.011 para el mundo del rock en este país, ha sido una año cargado de noticias reseñables, de grandes acontecimientos, y de memorables conciertos. Habría que extenderse mucho a la hora de ir enumerando cada una de estas noticas. Así es que, a mi entender, la noticia más reseñable, y que merece todo tipo de atención y debate, es la escasa afluencia de público a los conciertos de bandas emergentes, que se ha podido constatar de manera rotunda.

 

Los macrofestivales de rock congregaron a miles de personas.

Hace cerca de cinco años, un grupo espontáneo de periodistas, músicos, managers, promotores y personas vinculadas a la industria del rock en el estado, vienen caldeando este mismo debate con desigual resultado. Pero también, el público y los aficionados en general, han podido participar de esta discusión en los foros sociales de la red. Yo mismo a lo largo de este año, he participado en algún debate radiofónico, en encuentros, y en charlas. Cada cual, particularmente, ha ido desgranado sus ideas y opiniones al respecto; hemos ido enumerando los males y sus causas, y también, hemos intentado encontrar soluciones. Cada uno a nivel particular ofrece su particular decálogo de acciones que se deberían tomar, remedios, causas y efectos. Sin embargo, aún no hemos encontrado la formula mágica que solucione el problema de la asistencia a los conciertos de bandas emergentes.

No obstante, quiero ofrece aquí mi particular visión del tema, después de haber vivido tres décadas de rock muy diferentes entre si. Y creo, que este es un problema complejo, global, y de aristas cortantes, y del cual, la cultura rock es solo una parte ínfima. Al margen del certificado desmantelamiento de la industria de la música tal y como la conocíamos, y de los difusos y exiguos resultados que las grandes compañías discográficas han obtenido para encontrar la manera de vender la música de manera global y rentable, hay otros aspectos que quiero aplicar al rock, y que son causa evidente de una evolución del rock & roll en España muy determinada.

En la década de los 80, en Madrid funcionaban a pleno rendimiento cerca de trescientas bandas (estimativamente, ya que no conozco un censo exacto de bandas) de rock de diferentes estilos, en el marco de  una gran ciudad de millones de habitantes. Era una época de transición política. Muchos ciudadanos se rencontraban con la libertad, y otros tantos, acababan de descubrirla. El rock surgió como la manifestación cultural que mejor caló en muchos jóvenes de la época, ya que su discurso emocional e ideológico, trascendía favorablemente para estimular las ansias de una especie de revolución social colectiva, y de una súbita fiebre por vivir con amplitud de miras. Por tanto, el rock tenía un valor ideológico y cultural que se fusionaba  junto a una estructura musical poderosa y potente, un sonido sólido, con ataque, y unas letras con carga social y urbana. Fue un mecanismo de desarrollo de la ideas. Ideas románticas, si se quiere explicar así, pero también, ideas más generalistas. Así es que se convirtió en punta de lanza de movimientos culturales alternativos, surgidos al socaire de la nueva sociedad, y convivió con movimientos undergroun, alternativos, y de nuevo cuño como la afamada “movida madrileña” de la era Tierno Galván. Con dos momentos clave de gran importancia: el concierto de San Isidro del año 85 en el Paseo de Camoens en Madrid, con la mayor concentración de público registrado en un concierto de rock en la historia (200.000 personas), y el concierto Anti –OTAN, cuyo máximo protagonista fue Miguel Ríos.

 

Las bandas mas veteranas gozan de muy buena salud

La juventud se movilizaba con el rock como estandarte. No ya por motivaciones políticas, sino por causas de vida, sociales, de encontrar luz más allá del túnel. Además, la sociedad era muy diferente a la que vivimos en nuestra presente década vigente. No existían más que dos cadenas de televisión estatal. No existía Internet. Ni ordenadores personales, ni móviles, ni consolas de videojuegos. La vida se hacia en la calle. Se soñaba en las calles, en las plazas, en los barrios. Se vivía combativamente. Soñábamos. Quiero decir, que un concierto de rock era un acontecimiento que no podía dejarse de lado. Daba igual el nombre o el estilo. Íbamos a todos. Era una necesidad imperiosa. En aquel momento en Madrid, existía un triangulo de salas donde se podían verse los grupos que funcionaban en el estado, como la Sala La Argentina, Sala Canciller, o la Sala Barrabás. Siempre estaban a tope. Y luego, el Pabellón de Deportes del Real Madrid de Plaza de Castilla, donde se realizaban los grandes eventos, y donde pude vivir uno de los conciertos más emocionantes con Platero y Tu y Extremoduro compartiendo cartel, o bandas allende los mares como Scorpions, Ted Nugent, Deep Purple, Camel, Saxon, Iron Maiden, Yes, Supertramp… y cientos de bandas que llegaban promocionando su discos para abrir mercado.

Éramos ávidos consumidores concienzudos, que leíamos los créditos de los discos, conocíamos los estudios en los que estaban grabados los discos, los productores, las letras de las canciones, y nos pasábamos una semana entera comentando el escenario, los efectos especiales, el montaje. En fin, que lo vivíamos con una intensidad apabullante. Evidentemente, treinta años después, las cosas han cambiado notablemente por causa de la lógica evolución social y de hábitos de consumo. Y como no, el perfil del rockero, también. Los jóvenes de está década no tienen las mismas preocupaciones en el plano ideológico, ni entienden de décadas gloriosas. Viven conectados a la tecnología, al imperio de las marcas, y la música, ya no es tan importante para sus vidas porque es un consumo más. Las costumbres sociales también han cambiado, y movilizar a la gente por bandas que no tienen caché establecido, marca

Algunas bandas emergentes consiguieron llegar al gran público gracias a esfuerzo y dedicación.

o marchamo, es muy complicado. Hay muchas cosas en las que ocupar el tiempo, y el rock se ha quedado relegado a un plano inferior. Funcionan las marcas consolidadas, acuñadas en el tiempo, y que resultan más atractivas que descubrir nuevos valores. Lo que ya está cocinado y macerado, añejo por el tiempo, es mucho más fácil de digerir que lo que está cocinándose aún a fuego lento. Ya no hay aficionados al rock, hay consumidores de rock  con los discos duros saturados de discografías completas que nunca escucharon. Estamos en un país donde no se apuesta por los nuevos valores, un país que no cree en sus propias posibilidades, que se desprestigia a si mismo continuamente. Preferimos lo que llega de fuera porque lleva implícito el prestigio y la calidad como un valor añadido. Pagamos una fortuna por un ticket de una banda como Slayer, por poner un ejemplo, cuando aquí tememos a WarCry, o Tierra Santa, que son tan potentes o más, y encima, podemos entenderlos, y recibir adecuadamente su mensaje. No es moral de cateto, ni provincianismo, ni siquiera chauvinismo. Es solo proteger lo nuestro. Defender nuestro talento, que hay, y mucho.

El rock ya no es un arma para combatir, es un reducto donde resistir. El noventa por ciento de las bandas que funcionan a nivel económico y social, medianamente, son bandas con más de veinte años de carrera musical, y una media de siete discos. Mirad los carteles de los grandes festivales, cada año. Son una copia de si mismos. Solo hay un mínimo porcentaje reservado a bandas de nuevo cuño, o que se han metido en la cabeza del pelotón por circunstancias coyunturales, suerte providencial, o genialidad indiscutible. Los demás, luchan a codazos en el pelotón para poder ponerse en cabeza.

 

La industria discografica se ha hundido.

A todos estos condicionantes, y en especial en 2.011, hemos de sumarle dos factores más que agravan la situación: la crisis económica, y el incremento desmesurado de bandas que hacen imposible que el público pueda asistir a todo lo que se programa. También, apatía, desilusión, desmotivación. Y vagancia. En Madrid, muy pocos son los músicos a los que puede verse en conciertos de grupos emergentes. Los hay, pero pocos. Y si un músico, quien es el más obligado a luchar por la música, no va, no podemos exigir al publico lo mismo.

Seguramente, seguiremos buscando la manera en que se estabilice el panorama, seguiremos luchando cada día porque esta cultura no se pierda, por proteger nuestra música con la misma honestidad y la misma entereza. Lo que nunca debemos de hacer es no valorar suficientemente el trabajo y el esfuerzo de los músicos. Hay mucha calidad y mucho talento en este estado. Músicos que aportan cada día su creatividad y sus sentimientos. A lo que habría que sumar, una voluntad inquebrantable, y un nivel profesional cada vez más relevante. Encaremos por tanto el año venidero con ilusión. Y sobre todo, disfrutemos con lo que tenemos. Una noche de rocanrol puede ser irrepetible. Más allá de las mortales apetencias, y los ansiados triunfos.

CHEMA GRANADOS

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