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RAMONCÍN. SALA JOY ESLAVA. MADRID

El día 17 del presente mes se puso a la venta una reedición de todo un clásico: “Barriobajero”, un disco que se publicó originalmente en 1979 y que puso a Ramoncín en la primera línea de la escena musical de la época. No sabemos si fue por su controversia con las buenas maneras sociales reinantes, su actitud desafiante frente al orden estructural de la época, o por el producto, basado en el rock y el blues marginal y suburbial que desprendía el olor de una romántica rebeldía. He de decir que “Barriobajero” fue el primer disco que escuché de Ramoncín, aunque lo tuve que hacer en casette, por razones obvias. En casa no sobraba el monís, y menos para comprar discos, porque éramos una familia de clase media baja, del barrio de la Prospe, aunque siempre había colegas que te lo grababan para poderlo disfrutar. De aquel había tres canciones que me volvían loco: “Soy Un Chaval”, “El Chuli” y “Felisín El Vacilón”. Aquellas canciones ambientaban nuestras vidas y las potenciaban con sus proclamas, con su rebeldía y su inconformidad. 40 años se cumplen de este disco inmortal, que, aunque con sus carencias de sonido por la época en que está grabado, si desprendía la novedad demoledora de una alternativa musical extraordinaria. Acaso por ello Ramón pensó que era justo rendirle un merecido homenaje a este su segundo disco, y nosotros celebramos está decisión, ya que siempre resulta reconfortante un reencuentro con un artista de otra dimensión. El celebérrimo periodista Vicente Romero (Mariskal) presente en el acontecimiento, decía a mi lado que Ramón estaba recuperando su espacio. Pues afortunadamente, el cauce de su carrera artística parece que aglutina de nuevo las aguas, que vuelven a discurrir por su camino. Era de justicia.

A la hora en punto salía a la palestra Ramón con su guitarra en ristre, para agradecer nuestra presencia, con esas palabras cálidas y cariñosas con que él sabe encandilar a sus fans. Enseguida, como un vendaval, comenzaron a asonar los acordes de “Barriobajero” atronando en el espacio. De súbito, el público entró en una suerte de delirio ardiente. Y a reglón seguido, y sin casi sin resuello recibimos “Putney Brigde”. Espectacular. Y a partir de ahí, ese tobogán incesante de sentimientos sensoriales, que no termina nunca y que nos enardece con temas como “Blues De Un Camello”, “La Chica De La Puerta 16”, “Veneno” o “Cuerpos Calientes”. El show se organizó en tres tramos: el inicial muy intenso con temas esenciales, uno un poco más liviano, que arrancó con “Marica De Terciopelo”, y un final apoteósico, con todos sus grandes temas a flor de piel, a saber: “Al Límite”, “Rock and Roll Dudua” o “Hormigón, Mujeres Y Alcohol” temas clásicos que siguen latentes. Siempre grande sobre el escenario, escenificando su arte con ese denuedo y talento tan propio, sintiendo piel con piel a sus fans mientras canta entre el público, abraza, siente. Un artista integral que sabe encontrar ese punto de humildad, para ser grande como un dios. Otra noche inolvidable, un reencuentro que a mi me hace rejuvenecer, que me engrandece como ser humano, y que me sacia de emociones. Un artista que ha sabido estar en su lugar, luchando y haciendo más grande su arte, irreductible al paso del tiempo. Decía Charles Chaplin que “El tiempo es el mejor autor; siempre encuentra un final perfecto”. En este caso, el tiempo ha escrito las líneas más bellas de esta historia en la que un rockero de barrio, aguanta el tipo plantándole cara a la vida para lograr sus sueños. Es bueno para la salud mental y emocional, un reencuentro cada pocos meses con Ramoncín. El mejor antídoto contra la ignominia.

 

CHEMA GRANADOS

 

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